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Otras formas del viaje
First, octubre de 2001

Suele decirse que los libros nos hablan. Yo creo que eso no es verdad, los libros nunca me hablaron. Lo que sí hicieron en los últimos 15 años fue descubrir dentro de mí hilos sutiles que ni yo mismo conocía. Los libros son a veces revelaciones, pero estas revelaciones no tienen un carácter general: revelan cosas mías, para mí y para nadie más. Los libros actúan como los contrabandistas, consiguen que atraviese la frontera como un inmigrante clandestino, me lleva afuera, pero ese afuera siempre se revela como una acción. Fue un libro el que hizo que me casara por primera vez (y por segunda vez, y por tercera vez, y por cuarta vez). Fue un libro el que hizo que me separara cada una de esas veces. Divido mis épocas en el recuerdo no por épocas o por ciudades, sino por los libros que leí. Sé cuál fue el libro que me llevó a abandonar el país, y cuál me recibió en el país extraño. Cuál fue el libro que me levó a comenzar la carrera de Física y cuál el que me impulsó a practicar boxeo. Cuál fue el libro que me hizo abrazar el oficio de encuadernador (uno de esos oficios "mediadores", tan fáciles y lucrativos que ni siquiera parecen oficios). Fue un libro el que me levó a tomar contacto con gente insospechada, fue otro libro el que me hizo viajar, otro el que propició algún encuentro furtivo. Recuerdo perfectamente todos los libros de mi vida, pero son libros que no puedo volver a leer, conforman mi pasado. Los libros son revelaciones. A veces lo que hacen salir a flote es la parte más turbia y nefasta de mí. Otras veces en cambio la más agradable, la más confesable (con los años uno aprende a admitir muchas cosas de sí mismo; uno es capaz de afirmar que es un adulto cuando aprende a actuar sin ningún escrúpulo tal como es, sin que importe el medio, la compañía o el plan de acción). Los libros son acción.
Fue una acción comparable a una maratón la lectura de Muerte a crédito, de Céline. Fue una acción la lectura de La Habana para un Infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante. Fueron acción todos aquellos libros de Julio Verne que leí tan tarde, cuando víctima de un accidente sin importancia (un accidente que había propiciado el estante de vidrio de una biblioteca, que había caído sobre mi pierna y hecho que me dieran cinco puntos a la altura de la rodilla) quedé veinte días postrado, con la pierna en alto, recostado en un sillón, inmóvil. También fueron acción todos aquellos libros que leí durante una hepatitis feliz, cuando, sucesivamente, pasaron por mis manos (en este orden) las Memorias de Serguei Eisenstein; La Biblia (comenzando con el Génesis y llegando a la historia de David, demasiado bella para ponerla en riesgo continuando la lectura); Dios sabe, de Joseph Heller, que disfruté especialmente porque justamente tenía muy fresca la historia de David que acababa de leer, y que Heller se ocupa de parodiar; fue acción El diario de Sally Mara de Raymond Queneau, Oración por Owen, de John Irving, El rodaballo, de Gunter Grass, La luna de los asesinos, de Richard Stark (un libro sin el cual, desde entonces, me resulta impensable realizar un viaje un avión sin su compañía, no sé por qué). Fueron acción Centuria, de Giorgio Manganelli, El poema de los lunáticos, de Ermanno Cavazzoni, Las maravillas del 2000, de Emilio Salgari, una libro que viene a confirmar lo que ya sabía, esto es, que una novela puede no ser una obra de arte, que una novela puede incluso ser mala, y al mismo tiempo ser rotundamente bella y cautivante. Fue acción la lectura de Los novios, de Alessandro Manzoni. Fue acción El Quijote.
En los últimos 15 años mis días pasaron en gran parte así: leyendo. Un libro al principio puede parecerme nada o casi nada. Algo que no fue escrito para mí. Y de pronto la bestia despierta, la obsesión hace su entrada, y nada vuelve a ser como era entonces. Durante días y noches vivo pendiente de los avatares de esa vida que no existe, más preocupado por la suerte de ese personaje que por la de mi propio vecino. Pero en estos 15 años ningún libro me habló, eso puedo confirmarlo. Ni una sola palabra, ni un murmullo, ni un monosílabo. Los libros son mudos.